Guy Williams, el Zorro vivió sus últimos días en Argentina.

¿Te imaginas caminar por una callecita de Recoleta en Buenos Aires, levantar la vista hacia una ventana y descubrir que allí, asomado con una sonrisa, está nada menos que El Zorro? Eso era lo que vivían los vecinos de la calle Ayacucho 1964 a fines de los años setenta y durante toda la década de los ochenta, cuando Guy Williams —el actor que dio vida al legendario héroe enmascarado— decidió pasar sus últimos años en ese semipiso discreto. Detrás de esas cortinas y balcones se escondía un mito de Hollywood que había conquistado al mundo con su espada y su antifaz, pero que eligió la capital argentina como refugio y hogar.

Guy Williams nació como Armando Joseph Catalano en Manhattan, el 14 de enero de 1924, hijo de inmigrantes sicilianos. Su porte elegante lo llevó primero al modelaje y luego al cine. En 1951 debutó en la pantalla grande con The Company She Keeps, y durante la década de los cincuenta fue construyendo una carrera discreta en Hollywood. El gran giro llegó en 1957, cuando Walt Disney lo eligió para interpretar a Don Diego de la Vega, el alter ego de El Zorro. Su carisma, su destreza con la espada y su presencia hicieron que el personaje se convirtiera en un fenómeno cultural. Durante dos años, 82 episodios inmortalizaron su figura como símbolo de justicia y encanto. Más tarde, entre 1965 y 1968, interpretó al Profesor John Robinson en Lost in Space, pero ninguna otra producción alcanzó la magnitud de El Zorro. Encerrado en ese personaje, decidió retirarse temprano de Hollywood.

En 1973 llegó a Buenos Aires en una visita promocional. Lo que encontró fue inesperado: multitudes lo recibieron como a un héroe real, niños disfrazados de Zorro llenaban las calles, las madres lo aplaudían desde los balcones y los teatros se colmaban para verlo. “En Argentina me siento en casa, la gente me da un cariño que no encontré en ningún otro lugar”, confesó. Ese vínculo fue tan fuerte que en 1978 se instaló definitivamente en Recoleta. Allí vivió una jubilación temprana, modesta y tranquila. Su mayor motivación no era el dinero ni los lujos, sino mantener la empatía con sus fanáticos y disfrutar de la cultura local: los asados, las caminatas por Corrientes, el tango en cafés de madrugada. Se dice incluso que durante la Guerra de las Malvinas quiso alistarse para pelear por Argentina, gesto que reforzó la percepción de que había adoptado al país como propio.

Williams vivía rodeado de recuerdos de Hollywood y regalos de admiradores, pero llevaba una vida austera. “Mi mayor riqueza es el cariño del público”, repetía. Esa cercanía lo convirtió en un personaje entrañable para los argentinos, que lo sentían más vecino que estrella. El 30 de abril de 1989, a los 65 años, Guy Williams falleció en soledad en su departamento de Ayacucho 1964, víctima de un aneurisma. Su cuerpo fue hallado días después, el 6 de mayo, tras la alerta de vecinos. La noticia conmocionó a Argentina, que lo había adoptado como uno de los suyos.
Guy Williams no tiene una tumba física permanente. Tras su muerte, sus restos descansaron dos años en el panteón de la Asociación Argentina de Actores en el Cementerio de la Chacarita. Luego, su hijo cumplió su última voluntad: trasladó las cenizas y las esparció en California, en el océano Pacífico frente a Malibú y en las montañas del estado. Aunque se enamoró de Argentina y vivió allí sus últimos años, su hijo respetó su deseo de descansar en California.

Y sin embargo, en Buenos Aires su figura sigue viva. Cada vez que alguien recuerda aquellas tardes en las que los vecinos de Recoleta lo veían asomado al balcón, cada niño que se coloca un antifaz negro revive al héroe que cabalgó entre la justicia y el misterio. Guy Williams fue más que un actor: fue un vecino de Recoleta, un hombre que eligió la modestia y la cercanía, y un mito que aún cabalga en la memoria colectiva.