Él era el hombre mas rico de mundo y acabó muriendo sin nada y todos le dieron la espalda.

Hubo un tiempo en que Adnan Khashoggi gastaba más dinero en un solo día que muchas familias en toda una vida. Se decía que su tren de vida consumía doscientos mil dólares diarios en los años ochenta, lo que hoy equivaldría a más de seiscientos mil. Era una cifra tan descomunal que lo colocaba por encima de los magnates que competían por el título de hombre más rico del planeta. Ni Rockefeller, ni Onassis, ni los grandes empresarios japoneses o estadounidenses podían igualar la ostentación de aquel saudí que parecía vivir por encima de todos.
Su mundo era un catálogo de excesos. En Marbella poseía la finca Al Baraka, donde organizaba fiestas que se convertían en el acontecimiento del verano. Allí llegaban actores de Hollywood, cantantes de moda y políticos como Richard Nixon. En Puerto Banús atracaba el Nabila, un yate de ochenta y cinco metros con helipuerto, discoteca y suites de mármol, construido en 1980 por el astillero italiano Benetti, costó unos 100 millones de dólares de la época. Era famoso por sus excentricidades, como tener grifos de oro y ser el escenario de la película de James Bond Never Say Never Again. Aquel palacio flotante pasó primero a manos del sultán de Brunéi, luego del príncipe saudí Alwaleed bin Talal y finalmente de Donald Trump, que lo rebautizó como *Trump Princess*. A todo esto se sumaban mansiones en Montecarlo, Suiza, Nueva York y Kenia, y una flota de más de diez jets privados que lo llevaban con su familia y su séquito a cualquier rincón del planeta. Su nombre era sinónimo de lujo grosero, de un empresario que parecía haber conquistado el planeta a golpe de riqueza.

Nacido en 1935 en La Meca, hijo de un médico de la familia real saudí, Khashoggi supo desde joven moverse entre universidades extranjeras y círculos de poder. Su habilidad para conectar Oriente y Occidente lo convirtió en un empresario cosmopolita, y pronto en el gran intermediario de contratos multimillonarios. Detrás de esa fachada estaba su verdadero negocio: el comercio de armas, que lo convirtió en el gran “facilitador” de acuerdos entre gobiernos y fabricantes. Esa actividad le dio acceso a presidentes como Richard Nixon y a monarcas como Juan Carlos I, y cimentó su imagen de hombre imprescindible en la política internacional.

Pero el vértigo tenía un precio. En 1989, acusado de ayudar a Ferdinand e Imelda Marcos a ocultar millones, terminó en una celda suiza. Los bancos empezaron a reclamar lo que debía, los casinos a exigir sus deudas, los amigos poderosos a desaparecer. El mito del hombre más rico se desmoronaba: vendió el *Nabila*, perdió la finca de Marbella, se desprendió de sus propiedades en Kenia. La fortuna que parecía infinita se evaporaba, y con ella la corte de aduladores que lo rodeaba.
En ese derrumbe se reveló también la fragilidad de sus matrimonios. Primero estuvo con Soraya, la inglesa con la que tuvo cinco hijos, pero el matrimonio terminó en divorcio cuando ella tuvo una hija con otro hombre. Después llegó Lamia, la joven italiana que se convirtió al islam y le dio un hijo más, con quien vivió sus años de mayor esplendor. Más tarde se casó con Shahpari, la iraní culta y elegante, con la esperanza de recuperar influencia internacional en un momento en que su prestigio se deterioraba y las luchas internas en Arabia Saudí lo habían apartado de muchas amistades del poder. Durante quince años compartieron vida, pero ese afán no se cumplió: el matrimonio se rompió y él la repudió. Tras esa ruptura, y después de que sus negocios y fortunas se desmoronaran, Khashoggi regresó con Lamia, la única que permaneció a su lado en los momentos más altos y en los más bajos.
Con ella compartió los últimos años, entre Cannes y Riad, ya sin mansiones espectaculares ni fiestas multitudinarias. Solo quedaba el recuerdo de lo que fueron y un sueño sencillo: comprar una casita en Marbella, volver a sentir el sol de los ochenta, aunque fuera en silencio. El 6 de junio de 2017, Adnan Khashoggi murió en Londres a los ochenta y dos años. No quedaban los barcos, ni los jets, ni las fiestas. Solo Lamia, la mujer que lo acompañó en la cima y en la caída, y ese último deseo que nunca se cumplió: una casa modesta junto al mar, como eco lejano de un imperio que se evaporó.